Carlos Rodríguez Almaguer/ agosto 18, 2019/ Sin categoría/ 0 comentarios

“Hasta ahora, todos los seres se han superado creando;

¿y vosotros queréis ser el reflujo de este  magno flujo

y retroceder hasta la animalidad, antes que superar al Hombre?”

F. Nietzsche

Así hablaba Zaratustra

 Por CARLOS RODRÍGUEZ ALMAGUER.

La sorprendente aceptación que ha tenido mi libro EL ÁNGEL Y LA BESTIA CONSTRUYENDO AL HUMANO, así como las reflexiones que ha motivado su lectura por parte de un público diverso en formación, cultura, orientación filosófica, ideológica y religiosa, han revelado claramente que la preocupación planteada a vuela pluma en aquellas páginas es compartida por más personas en los distintos países de las que uno hubiera podido suponer, y me han llevado a comprender la necesidad de ahondar en el imprescindible tema de la formación humana desde su abarcadora y no siempre comprendida integralidad.

La idea de que el ser humano no nace hecho, sino que ha de construirse sobre una estructura biológica que lo diferencia de las demás especies de animales, nos plantea un enorme desafío dadas sus múltiples aristas. A nuestro juicio, para saber qué tipo de Ser Humano debemos construir, lo primero a tener en cuenta debería ser cómo imaginamos el mundo y las sociedades humanas que queremos habitar en los próximos años. Resuelta esta primera cuestión, entonces estamos en condiciones de proyectar el tipo de Ser Humano que queremos construir. Podría pensarse también que el enfoque debe ser al revés: trabajar en formar a un Ser Humano que nos permita llegar a construir un mundo distinto al de hoy. El asunto se presenta entonces como si se tratara de la vieja imagen de la serpiente que se muerde la cola. Sin embargo, el desafío de emprender la construcción de un mundo distinto, se me antoja parecido a la construcción de una edificación: primero nos imaginamos el tipo de construcción que queremos, luego llevamos el diseño al papel y seleccionamos los materiales que emplearemos. Luego ya podemos comenzar la construcción.

Cuando no se tiene esta cosmovisión de largo aliento y nos limitamos, instintiva o racionalmente, a cuidar al nuevo miembro de la especie enseñándole apenas lo básico para sobrevivir, entonces, no estamos formando a un Ser Humano, estaremos a lo sumo alimentando a un ser biológico clasificado como humano al que, dadas sus condiciones naturales para el aprendizaje y para el ejercicio de actividades vedadas a otras especies, ha terminado colocándose en la parte superior de la cadena alimenticia.

Si los tres últimos siglos han sido consagrados de forma general a la compilación y divulgación del conocimiento, a desarrollar las ciencias y a la aplicación de éstas a las tecnologías, respectivamente, este siglo habrá de dedicarse con esmero al desarrollo positivo del Ser Humano. Nos va la vida en ello. Las Ciencias del Hombre, como se les llamó de antaño a aquellas ramas del saber que se ocupan de estudiar al Ser Humano en sus diferentes facetas, deben ser colocadas en primer plano en la época actual, de lo contrario la especie humana, consciente o inconscientemente,  destruirá por necesidad y por egoísmo las condiciones naturales que permiten su existencia en la Tierra, y en ese desenfreno ruinoso acabará exterminando con ella a otras especies y causando grandes daños a los ecosistemas del planeta.

La construcción humana requiere hoy, y lo ha requerido siempre, de una fuerte y sostenida regulación de los instintos naturales de cada individuo, como único medio de alcanzar estadios superiores de desarrollo intelectual, moral y espiritual para la especie humana. Esa regulación ha pretendido hacerse mediante la implementación de normas morales que rigen el comportamiento del individuo en la sociedad. Pero al no ser suficiente con la moral, se ha necesitado el apoyo de la legalidad con el establecimiento de normas jurídicas que, al ser generalmente aceptadas por la mayoría, se convierten en obligaciones cuya violación resulta penalizada, y para asegurarse de la ejecución de esa pena fueron creados los aparatos represivos que cada sociedad se ha dado según sus tradiciones y costumbres.

Lograr que el ser biológico perteneciente a la especie humana acate y cumpla, aún bajo amenaza legal y represiva, con las normas generalmente aceptadas por una sociedad determinada, ha sido una de las más arduas labores en las que se han empeñado los hombres y mujeres que, movidos por intereses diversos, se han ocupado a lo largo del tiempo en tratar de organizar la convivencia entre los individuos en los distintos tipos de sociedades humanas que hasta hoy hemos conocido.

Dado el nivel alcanzado en el desarrollo de las ciencias y su aplicación cada vez más acelerada a las tecnologías, es obligatorio ocuparnos de la Formación Humana Integral de aquellos individuos de la especie que habrán de vivir en un ambiente transformado, física y virtualmente, de un modo tal como no se ha conocido en ninguna etapa anterior del desarrollo humano. De ahí nuestro empeño cada vez mayor en llamar la atención sobre la necesidad de involucrarnos en un proceso de Formación Humana Integral como único modo de manejar con éxito esta realidad que ha comenzado a convivir con nosotros de una manera tan aparentemente natural y silenciosa que, enfocados solo en sus innegables y magníficas oportunidades, no nos hemos dado justa cuenta de los tremendos desafíos y los enormes peligros que trae con ella.

El objetivo principal de esta propuesta no es nuevo, porque se ha venido declarando desde el amanecer de los primeros saberes del Hombre, pero nuestra naturaleza suele olvidar lo que procura regularla siquiera sea para su propio beneficio, y en cada generación se hace preciso que vuelva a ser recordada, implementada y defendida aquella aspiración mayor de nuestra especie: queremos y estamos obligados a formar a un Ser Humano con una conciencia crítica tan sólida que lo lleve a emplear con mesura y justicia el conocimiento acumulado, en bien de la Humanidad y del planeta, y que sea, al mismo tiempo, poseedor de una espiritualidad tan elevada que le permita asumir con entusiasmo y alegría sus responsabilidades en la Tierra sin olvidar que, en esencia, está hecho del mismo material que las estrellas.

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