Carlos Rodríguez Almaguer/ agosto 18, 2019/ Sin categoría/ 0 comentarios

 

 

Por CARLOS RODRÍGUEZ ALMAGUER

El Ser Humano no es algo segmentado, por lo tanto debe ser visto y asumido como un todo. De ahí que al proponernos incidir en su proceso de formación estamos obligados a pensar en su totalidad de manera que ese proceso abarque integralmente su compleja singularidad en relación con las demás especies del planeta.

La enorme fuerza intelectiva que ha demostrado ser capaz de desarrollar el Ser Humano ha de ser equilibrada con una elevada sensibilidad espiritual, también demostrada, si queremos potenciar sus infinitas posibilidades en el sentido positivo, entendido este como la capacidad para emplearse en el bien de todos: de sí mismo, de su familia, de la sociedad en que vive, y de la naturaleza.

Una visión holística de la educación como preparación para la vida, tanto en sus aspectos individual y familiar como profesional y social, debe regir todo programa encaminado a contribuir con la formación de los diversos niveles que, entrelazados, constituyen la compleja singularidad del Ser Humano. Instruir el pensamiento y dirigir los sentimientos habrá de ser la clave de cada acción encaminada a este elevado propósito. En este sentido deberá ponerse mucho énfasis en el desarrollo de una sensibilidad espiritual que le permita preocuparse y ocuparse por contribuir a la armonía de su entorno con todo su poder.

Cada individuo de la especie es único, por lo que el proceso de formación humana integral habrá de atenerse en lo posible a las características específicas de cada uno de ellos. Las competencias que se les procure desarrollar deben estar acorde, no solo con las necesidades inmediatas para cuya solución se le provee de herramientas adecuadas, sino también con las inclinaciones emocionales y el crecimiento espiritual que cada uno demande. De ahí que la observación y el seguimiento sistemático a través de la solución de tareas que se le encomienden será uno de los factores principales con que se podrá medir luego el resultado obtenido y de ahí la impronta de la acción formativa.

La principal herramienta que podamos poner en manos de quienes han manifestado una voluntad de mejorar como personas, es la certeza de que ellos son los máximos responsables de su comportamiento tanto en el ámbito social como privado. Sin conciencia crítica para adecuar nuestras acciones al contexto en el que estamos actuando, no habrá disciplina, sin disciplina no podrá haber orden en lo que hacemos, y sin orden seguramente no alcanzaremos las metas que nos hemos propuestos.

 

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